A veces estos tipos me cabrean: sólo ven el mundo a través de sus cámaras. Lo que no puede ser cazado de esta forma no les interesa. ¿No pueden guardar la herramienta, relajarse un rato y mirar, simplemente? Pues no. Además, siempre te están regañando por situarte en la línea de fuego. Un día le dije a uno: "Coño, sólo me falta ir arrastrándome como un marine para no joderte la foto". Y luego no paran de pegar la hebra sobre las excelencias de sus obras. En fin, son unos narcisistas insoportables, pero tenemos que convivir con ellos, los necesitamos: nuestra particular obra, que consiste básicamente en juntar letras, quedaría incompleta sin la aportación de los "cortinillas". Además, me apasiona la fotografía, y aprendo lo que puedo de ellos, porque suelen ser condescendientes con los "plumillas". A fin de cuentas no competimos. Eso sí, con otros fotógrafos... codazos, empujones y lo que haga falta. Los periódicos, en general, y éste en particular, han sido injustos con su trabajo, escondiéndoles (o incluso hurtándoles) la firma y la gloria. Las cosas han mejorado últimamente. Si hasta ganan premios Mingote (nunca un redactor de a pie podrá competir por un Cavia). Pero cuántas buenas imágenes acababan en un cajón por falta de espacio... hasta ahora. La blogosfera ha venido al rescate de un puñado de pequeñas obras maestras.
El blog de los fotógrafos de ABC cumple un año. Nació modesto y sin excesivas pretensiones, una página abierta a todos que atesora ya 30.000 visitas y que ha sido imitada por otros medios. En él hay belleza, denuncia, horror, humor, vida cotidiana, filosofía y conceptos de interpretación múltiple, incluyendo lo absurdo. Las fotografías cuentan cosas, son pedazos de vida, una pequeña propuesta de inmortalidad para los que quedan atrapados en ellas. Todos, tarde o temprano, seremos fantasmas, pero cuando nos disparó un fotógrafo estábamos vivos, y ahí quedamos, mientras no cambie el mundo.
Felicidades, seguid vaciando vuestro archivo en el blog durante mucho tiempo... y que los demás lo veamos.
Firmado: Un plumilla.

Foto Miguel Berrocal